27 de diciembre de 2018

Entre las desembocaduras del Tajo y Duero. Portugal, un paraíso amable y cercano, 1ª parte.


Lo tenemos ahí al lado, tal vez sea el gran desconocido, tan solo hay que cruzar la raya para llegar a un país vecino, sencillo, acogedor donde uno se siente como en casa, Portugal.

Día 1. Sábado 14 de Julio. Oropesa-Lisboa.

Por qué elegimos este verano visitar Portugal, porque sabemos que es un país que no nos va a defraudar a ninguno de nosotros, porque lo tenemos aquí mismo y porque ya teníamos ganas de volver, de reencontrarnos y de descubrir nuevos paraísos.


Partimos de casa a primera hora de la mañana haciendo una excepción a nuestra costumbre de salir de noche aprovechando el menor tráfico y la mejor temperatura. Probablemente habríamos acertado si hubiéramos seguido nuestra costumbre ya que llegamos a Oropesa a medio día y con un calor tremendo.


Habíamos pasado en alguna ocasión por Oropesa y desde la autovía nos había llamado la atención la esbelta silueta de su castillo encaramado en lo alto del cerro. Ahora al volver a pasar por aquí en nuestro camino a Portugal encontramos la excusa perfecta para hacerle una visita.


Estacionamos en el área de autocaravanas ubicada a la entrada de la población con servicio de llenado y vaciado gratuito, GPS: 39.921257, -5.167491. Bajo la sombra de un árbol nos colocamos intentando que no haya tanto calor en el interior.


Son las 12:30 y ya hace un calor bárbaro no apto para ir andando por las calles prácticamente desiertas. A regañadientes tengo que tirar del resto de la expedición para ver por lo menos el castillo, pero reconozco que después del mediodía ya es casi imposible hacer turismo en Julio y en estas latitudes.


Por una calle ascendente y sin posibilidad de refugiarnos en ningún lado del inclemente calor llegamos al antiguo colegio de los Jesuitas en estado de abandono. Fundado por Francisco Álvarez de Toledo, conde de Oropesa, Virrey del Perú y mayordomo de Carlos V y Felipe II fue construido entre 1590 y 1604.


Por la misma calle llegamos a la parroquia de la Asunción de Nuestra Señora deseando que esté abierta para meternos dentro y refrescarnos un poco bajo sus robustos muros. 


Nuestro gozo en un pozo ya que está cerrada por lo que sin perder tiempo nos dirigimos hacia el castillo, verdadero objetivo de esta breve parada en Oropesa.





El castillo de Oropesa fue construido por los condes de Oropesa en 1402. Hoy en día está dedicado a Parador nacional de turismo. Se puede visitar por 3 euros hasta las 14:00 horas pero el resto de la expedición no está por la labor por lo que lo vemos por fuera.



El estado de conservación es bastante bueno, desconocemos si lo habrán arreglado con el paso del tiempo pero la verdad es que es muy bonito. Cuenta con una gran plaza interior y una imponente torre del homenaje de cinco plantas.





Dentro del Parador vemos un cartel donde se anuncian visitas guiadas por Oropesa, sin duda una buena oportunidad de conocer más a fondo el rico patrimonio del pueblo. Si hubiéramos llegado antes podríamos haberla hecho.


Junto al castillo se alza el Palacio Condal que forma parte del Parador, un azulejo nos vuelve a recordar la figura de Francisco Álvarez de Toledo una de las más insignes personalidades que ha dado Oropesa.



Terminamos de visitar por dentro lo que se puede ver del Parador de turismo incluida la piscina que debe ser una delicia gozarla hoy y ponemos rumbo a la Plaza del Navarro, estrecha y alargada donde predominan las terrazas y bares donde poder tomar una tapa. Al fondo destaca la torre del reloj del Ayuntamiento apoyada en un arco abierto.



Algunas casas con bonitas fachadas y algún palacete salen a nuestro encuentro y ya cuando el calor se hace bastante insoportable para estar dando vueltas por el pueblo ponemos rumbo de nuevo al área de autocaravanas para ver si bajo la sombra del árbol donde hemos dejado la auto podemos comer más frescos.





No vemos otro lugar más fresco para desplazarnos a comer por lo que en el área abrimos las claraboyas y ventanas de la auto y comemos con algo de calor.
Dejamos Oropesa con cierto sinsabor y con la sensación de no haber sacado todo el partido a este interesante pueblo pero el calor se hace muy intenso y tenemos que marcharnos con la agradable temperatura que proporciona el aire acondicionado de la autocaravana.


En esta ocasión hemos preferido no hacer la compra en casa y lo hemos dejado para hacerla en Badajoz por lo que al pasar por la ciudad nos desviamos hacia un supermercado donde hacemos la compra importante para estos días.



Siempre por autopista de peaje que pagamos casi ya en Lisboa mediante el sistema de cobro habitual, a última hora de la tarde llegamos a la ciudad atravesando el amplio estuario del río Tajo por el puente Vasco da Gama ya que el navegador se empeña en meternos por esta parte de la ciudad.



Encontramos el parking que tenía preparado por estar cerca del centro de Lisboa donde se puede llegar andando en menos de media hora, GPS: 38.720062, -9.117963, gratuito y sin servicios.


Día 2. Domingo 15 de Julio. Lisboa.

La noche ha resultado tranquila y hemos dormido muy bien y sin problemas. Amanece un nuevo día que lo dedicaremos por entero a visitar la ciudad de Lisboa a nuestro ritmo.



Tomamos la Rua de Santa Apolonia donde algo más adelante está la estación de tren y metro del mismo nombre. A la altura de la estación encontramos el primer monumento de interés, el Panteón Nacional, una Iglesia barroca del siglo XVII convertida en mausoleo para tumbas de personajes ilustres de Portugal.



La entrada cuesta 4 euros y sobresale la subida a la terraza desde donde se obtienen una bonitas visitas del la ciudad. Nosotros decidimos no entrar ya que la ciudad ofrece numerosos miradores  gratuitos quizás más interesantes que el del Panteón Nacional.



Prácticamente al lado se alza la Iglesia y Monasterio de San Vicente de Fora donde destaca el claustro, una colección de 38 escenas en azulejos ilustrando las fábulas de La Fontaine pintadas entre 1740 1750 y una colección de arte sacro. Previo pago de 5 euros se puede disfrutar de este interesante lugar así como subir a su terraza y tener unas bellas vistas.



Nos conformamos con ver solo el interior de la Iglesia que es bastante sencillo y de dimensiones bastante imponentes.
Ponemos rumbo hacia la parte alta de la ciudad comenzando a ver ya los típicos tranvías lisboetas, concretamente el número 28 el más turístico y que sube a esta parte alta de Lisboa.


En la Plazita donde llega el tranvía más turístico el 28, Calle Largo da Graça nos fijamos en la pastelería "Braga" donde no podemos resistirnos a tomar unos típicos pasteles de nata., buenísimos.



Llegamos a uno de los miradores de la ciudad concretamente al de Graça desde donde se obtienen unas bonitas vistas de la ciudad y sobretodo del castillo de San Jorge. Hay una coqueta terracita donde poder sentarse a la sombra de los pinos del coqueto parque mientras uno se toma algún refresco contemplando tan bonitas vistas. 





Justo al lado del mirador está la Iglesia y Convento de Graça siendo su acceso gratuito. Podemos contemplar una serie de bonitos azulejos para a continuación ver su descuidado claustro.




El interior de la Iglesia es puramente de estilo rococó llena de tallas doradas y con paredes y techos bellamente pintados.



Por todos lados podemos ver los típicos carromatos que ofrecen a los turistas la posibilidad de alquilar uno de ellos para hacerte una visita de la ciudad diferente. Creo que puede ser una muy buena opción.
Seguimos subiendo un poco más a la parte alta de la ciudad hasta que llegamos al mirador de Nossa Senhora do Monte desde donde se tienen unas vistas si cabe aún mejores que en el anterior mirador.





Tras disfrutar de este privilegiado mirador ponemos rumbo a otra zona de la ciudad situada en la parte baja y llena de encanto, un barrio lleno de callejuelas serpenteantes donde está muy presente el fado en infinidad de locales donde por la noche ofrecen conciertos.




A los pies del castillo de San Jorge se ubica este barrio tan auténtico y con un ambiente único que hace que te enamores de la ciudad.





Sin ningún rumbo vamos recorriendo esta parte tan auténtica de la ciudad como si fuera un laberinto del que es imposible salir. Edificios decadentes pintados de diferentes colores sin ningún orden ni concierto, ropa tendida al sol, tranvías amarillos cabalgando las serpenteantes pendientes, gentes peculiares viviendo la vida en las calles.





Lisboa, tan diferente a otras capitales europeas, te atrapa, te sorprende, te embruja, te mete en la sangre un veneno para el que no hay antídoto posible. Ciudad donde uno se queda con ganas de más, de donde no te puedes despedir ya que sabes que volverás otra vez.





Como cual hilera de hormigas que van a su hormiguero atraídos por el rastro de feromonas, somos transportados por hordas de turistas a uno de los monumentos más visitados de Lisboa, el Castillo de San Jorge.





Largas colas, altos precios, calor que agobia, estómago que se queja por las horas que son y sin trabajar, motivos más que suficientes para descartar la que debe ser una experiencia inolvidable si tenemos en cuenta la gente que hay haciendo cola.




Tras dejar el Castillo de San Jorge tomamos una callejuela que baja flanqueada por tapias decoradas con curiosos grafitis así como restos de edificios abandonados en estado de ruina.



La senda nos deposita en una placita de la calle Largo Portas do Sol donde hay otro mirador desde donde se tiene otra perspectiva de la ciudad de las colinas.





Nuestros estómagos reclaman su ración de vitaminas, grasas, azúcares, bebida fresca por lo que nuestros sentidos se ponen al servicio del que manda en esos momentos para buscar el lugar que más nos cuadre.




Dura competencia el de este lugar donde los camareros se afanan en atraer a sus respectivas terrazas a los numerosos turistas que se acercan a las cartas a comprobar los precios. En ello estamos cuando somos alertados por las voces de un hostelero que en un perfecto portugués alerta a los demás establecimientos sobre la presencia de una pareja que según entendemos se han marchado sin pagar. Nos hacen gracia las palabras de alerta, algo así como "vagabundos" y las repetiremos a lo largo de varios días intentando imitar ese gracioso acento portugués.


Por la misma calle de bajada que luego se transforma en la Rua Limoeiro encontramos un restaurante con un menú que nos cuadra por lo que por fin nuestros estómagos se ponen a trabajar.





Cómo estar en Lisboa y no probar su famoso bacalao, sería un pecado por lo que sin pensarlo dos veces pedimos el menú que lo incluye. La experiencia resulta satisfactoria en cuanto a cantidad, calidad, precio y de la zona turística que se trata, 51 euros los cuatro.


No son nuestras caras, son las pinturas que anuncian el Museo de Lisboa Teatro Romano donde se pueden ver los restos de un teatro romano y algunas piezas que se descubrieron durante su excavación. El acceso es gratuito.




Por la misma arteria principal del barrio de La Alfama donde se suceden constantemente los tranvías llegamos a la Se de Lisboa o lo que es lo mismo, la Catedral. Por cierto, aquí hay una buena postal si uno tiene la paciencia de esperar a que pase el típico tranvía amarillo cuando se antepone a la fachada principal de la Catedral.



Ver este monumento que mezcla diferentes estilos arquitectónicos no cuesta nada a no ser que se quiera visitar el tesoro y el claustro que entonces si hay que pagar 2,5 euros.




Es la Iglesia más antigua de la ciudad ya que se empezó a construir sobre el año 1147 por lo que el estilo predominante es el románico, aunque ha sufrido numerosas reformas a lo largo de su extensa historia.





A las afueras de la Catedral y mientras que la parte joven de la expedición espera pacientemente que pase el tranvía amarillo y se inmortalicen con la correspondiente fotografía, podemos apreciar la fauna que se da cita aquí. Puestos de comida, de tejidos bordados, conductores de carromatos a la caza del turista, algún que otro descuidero, etc.


A continuación vemos otra Iglesia abierta, la de Santo Antonio que no podemos resistirnos a ojearla por dentro aunque sea un instante.



Bajamos a la parte baja de Lisboa aunque seguidamente volvemos de nuevo a subir al barrio Alto de la ciudad. Ahora vamos en búsqueda del famoso café A Brasileira, un emblemático establecimiento que el poeta Pessoa solía frecuentar. Aunque solo sea para tomarse un café, por cierto a buen precio, merece la pena pasar y sentarse un rato, mientras contemplas la bonita decoración.





Llegamos hasta la Plaza Luis de Camoes donde nos damos la vuelta por la comercial calle que hemos traído. Y mientras el resto de la tropa va de tiendas yo me dedico a ver la Iglesia de los Mártires.




Hoy se juega en Rusia la final del mundial de fútbol entre Francia y Croacia y en la Plaza del Comercio hay montado un buen tinglado para que los aficionados puedan ver el partido. Nos acercamos a tomar una cerveza y vivir la alegría de los numerosos franceses que son los que al final se alzan con la victoria.



Atravesamos el arco que separa la Plaza del Comercio de la Rua Augusta, quizás la calle más comercial y glamurosa de Lisboa. Enseguida podemos ver a nuestra izquierda el Elevador de Santa Justa




Rodeado de tiendas de recuerdos donde poder adquirir ese regalo que se compra a la familia para quedar bien, se alza el asombroso Elevador de Santa Justa un ingenio mecánico que no es más que un ascensor que conecta los barrios de Baixa Pombalina con el Chiado salvando los 32 metros de desnivel entre los dos barios. La torre de hierro colado fue erigida a comienzos del siglo XX por un alumno de Gustave Eiffel, si el de la Torre, y cuesta 1,45 euros subirse.



En la Plaza de D. Pedro IV se ubica una curiosa tienda que no es más que otro reclamo turístico, pero que cuando se viaje con adolescentes alcanza la categoría de "imprescindible". Hablamos de el "mundo fantástico de la sardina portuguesa", vamos que el interés turístico se lo tiene bien merecido.


Todo orbita alrededor de ese pequeño pez tan apreciado por humanos y otros peces y mamíferos marinos de mayor tamaño. Coloridas latas y más latas de conserva divididas en años donde se cuenta una anécdota o hecho relevante que ocurrió en ese año. Todo ello amenizado por una pegajosa cancioncilla que me recuerda al parque Disney aunque en cutre. Evidentemente todo quisque va buscando su lata, osea el año en que nació y es difícil resistirse a adquirir una, aunque sea al desorbitado precio de 4,5 euros.


La Plaza D. Pedo IV es bonita de pasear con una bonita fuente, el Teatro Nacional Doña María II y pegada a la Plaza la bonita estación de Rossio. Esa zona me pareció interesante y me hubiera gustado patearla algo más, pero las horas que van siendo no invitan a retrasar más el retorno al parking que lo hacemos por el intrigado y laberíntico callejero de Lisboa.



Día 3. Lunes 16 de Julio. Lisboa.

Segundo día para visitar Lisboa. El día de hoy toca ver la parte más alejada de donde estamos, la zona de Belem con el Monasterio de los Jerónimos, el Monumento a los Descubrimientos y la Torre de Belem. Para ello nos desplazamos a la cercana estación de Santa Apolonia en la Avenida Infante D. Enrique donde esperamos a que llegue el autobús 728 que es el que llega al Monasterio de los Jerónimos.



Tras media hora de trayecto por fin llegamos al Monasterio con el fin de visitarlo por dentro. No habíamos caído que hoy es lunes y a pesar de ser época de mucho turismo los lunes cierran y no hay visitas, una lástima pero es lo que hay.




Nos limitamos a observar este precioso  monumento de estilo manuelino declarado Patrimonio de la Humanidad que se empezó a construir en el año 1501 para celebrar el regresa de la India de Vasco de Gama que está enterrado dentro. Una excusa más para regresar otra vez a Lisboa.


Tras el chasco del monasterio y como veníamos mentalizados a ver el monumento aprovechamos que al lado está el Museo de la Marina para verlo y así pasar algo entretenidos la mañana.
La entrada para los cuatro nos sale por 19.50 euros y si uno es de los que le gusta toda la temática marina, de uniformes, mapas  marinos, cartas de navegación, barcos a escala y otros a tamaño real, este es su sitio ya que hay mucho y muy interesante.










El Museu da Marinha como se escribe en portugués fue mandado construir en 1863 por el Rey portugués D. Luis con el fin de dar a conocer el glorioso pasado marítimo portugués desde la época de los descubrimientos hasta el siglo XIX.





En otro edificio anexo al Monasterio y de reciente construcción se continua la visita al Museo de la Marina. En este caso se trata de una enorme nave donde se hayan expuestas una serie de naves y barcas de pequeño calado y que son muy vistosas e interesantes.










Terminado de ver este interesante museo, ponemos rumbo hacia el monumento a los descubrimientos, una colosal obra de 52 metros de altura construido en 1960 para conmemorar los 500 años de la muerte de Enrique el Navegante.





Es un reconocimiento a los marineros, patrones reales y en general a todos los que colaboraron para el desarrollo de la brillante era de los descubrimientos llevados a cabo por Portugal. Lo encontramos bastante limpio y restaurado ya que la otra vez que lo vimos, hace ya unos años, no presentaba este actual estado de limpieza.



Hay en el interior un ascensor que te sube a la parte alta del monumento previo pago de la correspondiente entrada, aunque no sabemos si merecerá la pena pagar por subir 52 metros por encima de los demás.


La silueta del monumento a los descubrimientos con el puente 25 de Abril al fondo es una perspectiva que no se puede dejar pasar y de inmortalizar con nuestras cámaras.



Es ya mediodía y el calor va apretando poco a poco por lo que se agradecen las sombras de los frondosos árboles que rodean la Torre de Belém a la que llegamos para comprobar que también está cerrada por ser lunes.



Ya tuvimos ocasión de visitarla por dentro la primera vez que estuvimos en Lisboa con nuestros hijos por lo que el chasco es menor, pero nos hubiera gustado poder pasar y verla de nuevo.
Construida entre 1515 y 1519 en estilo manuelino en un primer momento se utilizó como torre defensiva de la ciudad de Lisboa, aunque posteriormente se utilizaría como centro aduanero y faro.
Al lado se encuentra el Museu do Convatente, un museo militar que También puede ser interesante.


Si hubiéramos caído antes, habríamos traído unos bocadillos que nos los habríamos comido en la zona de sombra de los jardines que hay pegando a la Torre de Belém, pero como no lo hemos previsto toca buscar un lugar para comer. La tecnología entra en juego y los jóvenes tiran de móvil y opiniones para encontrar el local que mejor nos apañe.





En la Rua Bartolomeu Dias 121, frente a la Torre de Belém y tras cruzar por el puente peatonal, encontramos el restaurante "O Navegador" donde podemos comer sin grandes alardes pero con una buena calidad y a un precio razonable aunque tirando por alto.


Volvemos a la parada de bus situada junto al Monasterio de los Jerónimos donde volvemos a coger el bus que nos lleve a la estación de Santa Apolonia y poner así fin a nuestra estancia en Lisboa ya que el viaje no ha hecho más que comenzar y hay que recorrer mucho Portugal todavía.. Esta noche queremos ir a dormir al parking del Palacio Nacional de Mafra para mañana por la mañana verlo tranquilamente.


Cuando estamos llegando al parking donde tenemos la auto oímos a lo lejos una alarma en el parking. Conforme nos vamos acercando podemos ver que los intermitentes de nuestra auto están parpadeando y conforme vamos acercándonos vemos que la alarma que suena es la de nuestra autocaravana.
Efectivamente se trata de nuestra autocaravana, nos han roto el cristal de la puerta del conductor y se ha activado la alarma, aunque felizmente no han pasado dentro por lo que todo queda en un mal menor.


Buscamos algún taller de lunas por la ciudad pero son horas en las que ya están cerrando y tras algún que otro susto en la parte alta de Lisboa de calles estrechas y reviradas en busca del taller, ponemos rumbo al camping de la ciudad. Nos cuesta algo encontrarlo ya que el navegador nos mete por el bosque y tenemos que dar alguna vuelta de más hasta llegar a la puerta, GPS: 38.724629, -9.208118


No somos muy de camping, pero el tener el cristal roto no nos deja alternativa por lo que esta noche la pasaremos dentro del camping. Además mañana Alejandro tiene que formalizar su matrícula universitaria y siempre es mejor tener una buena conexión wifi.
El camping no es nada del otro mundo, tiene 3 tipos de parcela dependiendo de si vas en tienda, turismo o autocaravana. Nosotros elegimos la más barata sin saber que se trata de las peores parcelas, donde no cabe la auto, están totalmente desniveladas, y no es parcela para autocaravana.


Tras recorrernos el camping y ver que es imposible instalarnos en ese tipo de parcelas optamos por ubicarnos en las intermedias, más espaciosas y mejor niveladas. Vemos un poco desorganizado el tema la verdad. Sacamos la mesa y las sillas y nos relajamos algo después de la mala experiencia del cristal, pero nos conformamos al pensar que podrían haber entrado dentro de la auto y causar más daños. Es la primera vez que nos pasa un caso similar y mira que hemos estacionado en lugares y con peor pinta que este. Por  tanto y como recomendación si volvemos a Lisboa otra vez, olvidar este parking y buscar otro.


Al planificar el viaje el camping lo descartamos por estar retirado de la ciudad. Hay un bus, el 714 que se toma en la puerta y que en 40 minutos te deja en el centro por lo que tampoco es mala opción.
Tenemos que recoger cuando el frío hace acto de presencia hasta el punto de tener que cenar dentro de la auto, eso en Julio.

Día 4. Martes 17 de Julio. Peniche.

A la mañana siguiente tras hacer por internet la matrícula dejamos el camping y vamos a un taller Carglass para que nos pongan un cristal nuevo. 


En un pueblo de las inmediaciones de Lisboa encontramos el taller y nos dicen que tienen que pedir el cristal a España y que tardarán un par de días en tenerla. Para que nos lo pongan elegimos un taller de Caldas da Reinha ubicado entre Peniche y Óvidos y decidimos irnos para Peniche donde hay un camping que conocemos.


Tras instalarnos de forma provisional un panel de plástico rígido y hacerles entender que queremos el cristal podemos continuar viaje.
Tenemos que dejarnos la vista del Palacio Nacional de Mafra, una pena, pero seguimos hacia el norte dejando también la zona de Sintra, Cascais y Estoril ya que la conocemos de otro viaje anterior.


A mediodía llegamos al camping Playa de Peniche, GPS: 39.369651, -9.392021 ubicado junto a los acantilados de la parte norte de la península que conforma el pueblo de Peniche. Algo alejado de la población, sin grandes servicios pero justo lo que necesitamos estos 2 días mientras nos traen el cristal.


Había tratado de informarme sobre los peajes de Portugal y no había llegado a una conclusión clara ya que existen peajes normales donde se paga en la barrera y otros donde se paga telematicamente sacando previamente una tarjeta o pegatina con la matrícula que hay que recargar y donde te van cobrando los tramos de peaje. El caso es que no me terminé de informar bien y pensé que no me complicaría la vida transitando por carreteras libres de peaje.


Error, las carreteras secundarias portuguesas son malas, estrechas, con baches, pasan por el centro de las poblaciones y directamente son desaconsejables. El tramo desde Lisboa a Peniche ha sido sencillamente para olvidar. Lección aprendida y la próxima vez que vayamos a Portugal optaremos por hacerlo por autopista si o si.


Nos acomodamos en el camping, comemos, nos relajamos un rato y nos cambiamos de lugar ya que hemos elegido una parcela que pega al mar y el viento es bastante fuerte por lo que buscamos otra parcela en el interior donde no moleste tanto el Dios Eolo.
Nos ponemos en marcha y nos acercamos al pueblo a dar una vuelta.



Visitamos la zona del puerto, caminamos hasta la punta del espigón donde se alza el coqueto y bonito faro de colores blanco y rojo, vemos algunos barcos pesqueros regresar del interior del mar rodeados de nubes de escandalosas gaviotas. Alguna embarcación que regresa de hacer una visita turística a la cercana isla de Berlenga, reserva natural y paraíso de submarinistas.
Parece que están de fiestas en Peniche ya que la calle que hay pegada al castillo está abarrotada de puestos y cachivaches.




Después de dar cuenta de unos churros rellenos de chocolate rodeamos la fortaleza de Peniche del siglo XVI hoy reconvertida en Museo Municipal y que posee una colección de conchas dignas de ser admiradas. Está cerrada por lo que aunque hubiéramos querido no lo podríamos haber visto. Nos parece muy bonito el acceso a la fortaleza con su puente de piedra por donde penetra el mar haciéndolo más inaccesible si cabe.



Un momento de conducción de coche de choque para los chavales con la tranquilidad que da saber que los daños de chapa y pintura que ocasionen están pagados y de vuelta de nuevo hacia el camping.




Tras una preciosa puesta de sol ponemos así fin al día de hoy resignados a que mañana lo tendremos que dedicar a visitar la península de Peniche. A veces un alto en el camino y algo de tranquilidad también compensa, no va a ser siempre ir de correprisas a todos lados, algo bueno hay que sacar de la experiencia.

Día 5. Miércoles 18 de Julio. Peniche.

Ayer tarde vimos que detrás del camping pegado a la carretera hay un restaurante que puede estar bien para comer este mediodía. "Toca do Texugo" se llama y hay que ir a primera hora de la mañana y encargar lo que quieres comer para que lo compren en la lonja, más fresco imposible.



Por la carretera que pasa frente al camping y que llega hasta el Cabo Carvoeiro caminando tranquilamente encontramos los acantilados que la fuerza de las olas del mar y el viento han ido esculpiendo a lo largo de los milenios creando curiosas formaciones para que nosotros ahora las podamos admirar y sentir. Incluso hay alguna cueva a la que se puede bajar mediante escaleras metálicas sujetas a la roca.



A medio camino dejamos los escarpados acantilados y cruzamos la carretera para adentrarnos en el Santuario de Nossa Senhora dos Remédios con su coqueta y preciosa capillita de azulejos azules donde continuamente entran y salen personas a rezar en este oasis de paz y tranquilidad.





El fin de trayecto se vislumbra ante nosotros, el faro del Cabo Carvoeiro que dispone de su propio aparcamiento por si uno no quiere darse la caminata para llegar aquí. Posee un restaurante con unas vistas inmejorables, una buena opción para darse un homenaje. La parte más alta de lo que llevamos recorrido esta mañana y por tanto uno de los puntos más espectaculares de la península de Peniche con imponentes acantilados que caen verticales a las frías y azules aguas del Atlántico.



Tras el esfuerzo, la recompensa en forma de una suculenta comida a base de marisco y pescado fresco del mismo mar que hemos estado admirando esta mañana, acompañado de un vino blanco. Las brasas hacen milagros y consiguen que todo lo que toquen huela a gloria y sepa todavía mejor.



Es gratificante, da confianza y tranquilidad saber que el trato con los portugueses es ameno y sencillo. Gentes dispuestas a entenderse con nosotros, a ofrecernos sus servicios y su amabilidad. Que poco cuesta integrarse en este país hermano y acogedor, que gusto da viajar por Portugal.



Tras un momento de relax en el camping nos ponemos de nuevo en marcha siguiendo la senda que va paralela a la carretera que rodea la península. Pero esta vez lo hacemos en sentido inverso al de esta mañana y siempre con el embravecido mar de acompañante.



Una pequeña península dentro de otra más grande, el islote de Papoa con pasarelas y puentes de madera para acceder de manera accesible nos traslada a otros bonitos paisajes de Peniche.




Así llegamos caminando a la zona más baja de la península donde se extienden enormes playas de arena fina y aguas más tranquilas que sirven a los habitantes y visitantes de Peniche para refrescarse y darse un baño. O cabalgar las olas con una tabla de surf propia o alquilada en algunos de los numerosos puntos de alquiler que hay aquí.



Toca ir volviendo al camping antes que se eche la noche encima. Pasamos por el parking de autocaravanas muy bien ubicado en el mismo centro, tras las murallas y enfrente del canal. GPS: 39.358818, -9.377470, sin duda un buen lugar para estacionar y pernoctar.


Ponemos así fin a la vista a Peniche, mañana por la tarde iremos al taller para que nos pongan el cristal y seguir así el viaje planificado que nos irá deparando nuevas y emocionantes sensaciones por este cercano y bello país que es Portugal.







No hay comentarios: